La casa donde me crié no existe en mi cabeza sin que la habiten mi madre, mi padre y mi hermano. En esa casa, a día de hoy, vive otra familia. O eso quiero creer.
Desayunábamos, comíamos y cenábamos siempre en la mesa de la cocina. Era una mesa completamente cuadrada y siempre estuvo pegada a la pared de la izquierda de la cocina.
En mi familia, como en las demás, supongo, teníamos los sitios para comer asignados. Mi hermano y yo nos sentábamos juntos en un lado, compartiendo banqueta. A nuestra derecha estaba mi madre y, justo enfrente, mi padre.
Crecí con los sonidos de mi madre en la cocina; quizá por eso no hay duda de que es mi estancia favorita de una casa.
Como toda buena estudiante, me pasé años de mi vida encerrada en mi habitación estudiando, y de ahí solo me sacaba una cosa: el sonido de la puerta de la cocina abriéndose, seguido de un “A poner la mesa” de mi madre.
A la mesa solo la vestía un mantel. Poner platos y cubiertos era tarea de mi hermano y mía, mientras mi madre acababa de dar los últimos toques a la comida y, si había suerte, mi padre entraba en esos momentos por la puerta. Siempre el mismo ritual.
Tuvimos varios manteles. Uno de los primeros fue el de motas blancas y burdeos, las esquinas a rayas y con un tacto áspero que me producía tiricia. Recuerdo que contra su tela mi hermano pasaba la punta de los tenedores.
Luego vino el mantel de flores marrones y amarillas con fondo beige y tres líneas paralelas alrededor de su perímetro. El tacto de este no mejoró.
Entrada mi adolescencia, llegó mi favorito: el morado y verde de cuadros. Tenía mejor caída y textura que los anteriores pero teníamos que doblarlo para que no colgase mucho. Sus medidas eran para mesa rectangular en vez de cuadrada.
¿Soy la única que recuerda los manteles de su infancia?
Siempre he pensado que nos pasamos la vida persiguiendo los recuerdos de la infancia sin quererlo. Buscamos sus olores, sabores, texturas y emociones. Como si buscáramos repetir las cosas por primera vez. Volver adonde se fue feliz.


